No creo en ti Dios mio con la certeza de un santo.
Mi fe es débil; duda; calcula.
No creo en ti Dios mio con la monotonía de un religioso.
Mi fe es inquieta; pregunta; se expande.
No creo en ti ¡Oh mi Dios! con la fe de un niño.
He crecido y mi fe, a veces, es cínica.
Creo en ti temblando; entre comillas,
Con la certeza que tiene un ser pequeño en
que debe existir alguien mucho más grande.
A la vuelta de la hoja
martes 27 de diciembre de 2011
jueves 25 de agosto de 2011
Como todas las mañanas
El golpe en la puerta, seco e irrepetible, recordaba a Heriberto que otro día empezaba. Su enemigo había llegado y se instalaba ufano en la entrada de su casa. Desde ese momento, aun siendo muy temprano, no podía volver a pegar los ojos. Permanecía inmóvil en la cama, con miedo.
El sudor se adueñaba de su frente, al principio con pequeñas perlas luego en minúsculas corrientes resbalando veloces hasta la almohada. Minutos después el despertador iniciaba su cacofónico concierto para recordarle que, pese al pavor, el día debía empezar.
Desde ese momento las sensaciones se magnificaban. Los pies fríos tocando el suelo. El agua caliente resbalando por su espalda. El cereal húmedo siendo masticado y luego tragado. La búsqueda desesperada por las llaves del carro que, de forma misteriosa, desaparecían cada mañana. Todo era un tortuoso preludio para lo inevitable.
La llave falló dos veces en su intento de abrir la cerradura. Cuando por fin consiguió abrirla allí estaba. Con su apariencia inocente, reposando sereno cual caja de pandora. Heriberto lo tomó con una mano como cada mañana. Su cabeza manejó rápidamente la idea de no abrirlo pero sus manos independientes –y masoquistas- rasgaron rápidamente la envoltura.
Y sucedió de nuevo, como cada mañana. Desde el papel las noticias asesinas saltaron hasta sus manos, su pecho, su cerebro; su corazón. Destrozaron sin disimulo sus esperanzas y le recordaron que lo del mundo de cabeza no era más un dicho sino la cruda realidad. Las noticias con grandes titulares y mordaces contenidos se instalaron con calma en su día; amargaron sus expectativas.
Y como todos o al menos como muchos, se dirigió a su trabajo sin ninguna razón por la cual sonreír. El enemigo había vencido una vez más.
domingo 3 de abril de 2011
Con los ojos
Comerse el mundo con los ojos
a pequeñas dentelladas.
Con el hambre insaciable
de quien desea verlo todo y aun
no ha visto nada.
Comerse el mundo con los ojos
al natural.
Sin artificiales pantallas.
Sin desagradables indigestiones
de tanto mirar sin ver nada.
Comerse el mundo con los ojos
como si todo fuera bueno,
como si todo fuera nuevo.
Comerse el mundo con los ojos,
sin prisa, sin pausa,
comerse el mundo con los ojos
y degustarlo con el alma.
a pequeñas dentelladas.
Con el hambre insaciable
de quien desea verlo todo y aun
no ha visto nada.
Comerse el mundo con los ojos
al natural.
Sin artificiales pantallas.
Sin desagradables indigestiones
de tanto mirar sin ver nada.
Comerse el mundo con los ojos
como si todo fuera bueno,
como si todo fuera nuevo.
Comerse el mundo con los ojos,
sin prisa, sin pausa,
comerse el mundo con los ojos
y degustarlo con el alma.
jueves 13 de enero de 2011
Y eso hicieron con tu cruz
Y eso hicieron con tu cruz...
Tú que viniste a hacer un puente
entre el hombre y su Dios
Donde todos los hermanos
en igual condición pudieran al verse
los rostros ver tu amor.
Has tenido que soportar
ver las guerras interminables,
los insultos imperdonables,
la sangre corre,
los ojos llorar,
el odio reinar,
todo en nombre de tu cruz.
Perdónanos Señor,
Eso hemos hecho con tu cruz.
Tú que viniste a hacer un puente
entre el hombre y su Dios
Donde todos los hermanos
en igual condición pudieran al verse
los rostros ver tu amor.
Has tenido que soportar
ver las guerras interminables,
los insultos imperdonables,
la sangre corre,
los ojos llorar,
el odio reinar,
todo en nombre de tu cruz.
Perdónanos Señor,
Eso hemos hecho con tu cruz.
viernes 12 de noviembre de 2010
Nosotros los humanos.
Es triste ¿no?
Hermano contra hermano.
Hombre contra hombre.
En la danza mortífera;
de ser mejor que el otro;
aplastar, ganar, morder;
usar epítetos irrepetibles.
Regresar vacío, hueco;
torpe.
Y pensar que del barro
hemos venido y para allá
vamos todos.
Es triste ¿no?
Hermano contra hermano.
Hombre contra hombre.
En la danza mortífera;
de ser mejor que el otro;
aplastar, ganar, morder;
usar epítetos irrepetibles.
Regresar vacío, hueco;
torpe.
Y pensar que del barro
hemos venido y para allá
vamos todos.
Es triste ¿no?
sábado 30 de octubre de 2010
Calla.
Calla;
No todo se dice con palabras.
Calla;
Tus silencios también hablan.
Calla;
No debes saberlo todo.
Calla;
Mi silencio no te pertenece.
Calla.
jueves 28 de octubre de 2010
Un buen trabajador.
Un síntoma de que te acercas a una crisis nerviosa es creer que tu trabajo es tremendamente importante.
-Russell
La sensación no era nueva para Gustavo. Desde hace semanas tenía una extraña sensación empezaba por oprimirle los tobillos acababa por apretar su cuello hasta casi estrangularlo. Las personas que le rodeaban no se percataban del asunto. Aquella mañana no fue diferente, al sumarse a la tortuosa fila de personas que se movían ansiosas de llegar a sus puestos de trabajo para enriquecer, aun más, a sus jefes, la sensación empezó.
Gustavo se movía rápidamente, evitando en lo posible el contacto con otros cuerpos, más aquello era imposible. Hombros chocaban con otros hombros, caderas con caderas y poco faltó para que se dieran cabezas con cabezas. -Carrera de ratas- pensó Gustavo mientras empezaba a sentir la asfixiante sensación mañanera. –Tiene sentido que le llamen así, eso parecemos-
El edificio 432 de la calle Oldivar albergaba las oficinas de la ANPDT (asociación nacional pro derecho de los trabajadores) Allí laboraba Gustavo, ocho horas oficiales pero nueve o diez en la práctica. Fines de semanas y días feriados se le escurrían de las manos.
-Nuestra tarea es importante- solía pregonar el jefe cuando alguno de los empleados se quejaba –si nos descuidamos los derechos de los trabajadores podían verse afectados- lo decía con una convicción que era dificilísima de contradecir.
Gustavo cruzó la calle y sintió como algo estrangulaba sus muslos. Pretendía ignorar la sensación, quizá se fuera sola. Ni bien había puesto un pie en la acera cuando sintió que estrujaban su cintura, con odio, con desesperación.
-Cualquiera diría que es tu cuerpo pidiéndote que no vayas a trabajar- le comentó su mejor amigo cuando le contó los extraños síntomas. –Es estrés, puro y duro- concluyó -lo que necesitas son unas vacaciones- Al principio Gustavo había refutado y peleado, había argumentado que su trabajo era demasiado importante y que siempre habría alguien interesado en aprovecharse de sus descuidos para explotar a algún pobre trabajador. Al final sin embargo lo habían convencido y aquella mañana iba dispuesto a pedir quince días de los muchos que ya le debía la empresa.
Al subir por el ascensor la sensación de asfixia iba por su pecho. Le costaba respirar y sudaba copiosamente. Se aflojó la corbata con temor que aquella sensación le apretara el cuello. Llegó hasta el piso cuatro donde estaban las oficinas de su jefe. Tocó la puerta mientras sentía una horrible opresión en los hombros.
-Adelante- la voz tranquilizadora del jefe bien podía ser la de un locutor radial.
-Buenos días señor- Gustavo pasó intentando aparentar tranquilidad.
-¡Gustavo! ¡Muchacho! Pasa adelante, precisamente estaba por llamarte- exclamó el jefe dando pequeños sorbitos a su café “descafeinado”.
-¿De verdad?- Gustavo sentía como la opresión se apoderaba de su cuello. Sonrió a medias disimulando el instinto de abrir una ventana para buscar aire.
-Sí, sí, sí- el jefe estaba de buen humor aquella mañana, Gustavo tomó rápida nota mental para sacar ventaja de aquello. –Tenemos un caso de un pobre hombre al cual le adeudan tres meses de vacaciones, ¿puedes creértelo?-
-Esos abusadores- murmuró Gustavo mientras sentía que se quedaba sin aire, sin fuerzas, sin ideas.
-He pensado dejarte el caso a ti, sabrás que tú trabajo es muy apreciado por nosotros. Queremos que nos ayudes a que se le haga justicia.- el jefe lo miraba con la complacencia de quien observa a un hijo recién nacido o la satisfacción del artista tras haber cincelado su obra.
-Señor- murmuró Gustavo aflojando aun más el ya suelto nudo de la corbata. La sensación se apoderaba ahora de su cabeza y lo estrujaba. –estaba pensando que…- la cosa no se iba, se quedaba allí, le fastidiaba.
-¿sí?- el jefe parecía inquieto por primera vez.
-Estaba pensando…-reinició mientras soltaba grandes bocanadas de aire recordando a un pez fuera del agua. –Estaba pensando que será un placer ayudarle- concluyó al fin mientras la sensación de encierro y ahogo le sumían totalmente, mientras se sentía encerrado en medio de su trabajo, tendría que posponer algunos meses más las vacaciones y las salidas. No dijo nada más, se levantó y salió de aquella oficina; para encerrarse en la propia.
El jefe satisfecho lo vio retirarse, levantó el auricular: -¿Sí? ¿Señor Pastrankis? Ya he entregado el proyecto a Gustavo, ese sí que es un buen trabajador.
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