El golpe en la puerta, seco e irrepetible, recordaba a Heriberto que otro día empezaba. Su enemigo había llegado y se instalaba ufano en la entrada de su casa. Desde ese momento, aun siendo muy temprano, no podía volver a pegar los ojos. Permanecía inmóvil en la cama, con miedo.
El sudor se adueñaba de su frente, al principio con pequeñas perlas luego en minúsculas corrientes resbalando veloces hasta la almohada. Minutos después el despertador iniciaba su cacofónico concierto para recordarle que, pese al pavor, el día debía empezar.
Desde ese momento las sensaciones se magnificaban. Los pies fríos tocando el suelo. El agua caliente resbalando por su espalda. El cereal húmedo siendo masticado y luego tragado. La búsqueda desesperada por las llaves del carro que, de forma misteriosa, desaparecían cada mañana. Todo era un tortuoso preludio para lo inevitable.
La llave falló dos veces en su intento de abrir la cerradura. Cuando por fin consiguió abrirla allí estaba. Con su apariencia inocente, reposando sereno cual caja de pandora. Heriberto lo tomó con una mano como cada mañana. Su cabeza manejó rápidamente la idea de no abrirlo pero sus manos independientes –y masoquistas- rasgaron rápidamente la envoltura.
Y sucedió de nuevo, como cada mañana. Desde el papel las noticias asesinas saltaron hasta sus manos, su pecho, su cerebro; su corazón. Destrozaron sin disimulo sus esperanzas y le recordaron que lo del mundo de cabeza no era más un dicho sino la cruda realidad. Las noticias con grandes titulares y mordaces contenidos se instalaron con calma en su día; amargaron sus expectativas.
Y como todos o al menos como muchos, se dirigió a su trabajo sin ninguna razón por la cual sonreír. El enemigo había vencido una vez más.
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