Un síntoma de que te acercas a una crisis nerviosa es creer que tu trabajo es tremendamente importante.
-Russell
La sensación no era nueva para Gustavo. Desde hace semanas tenía una extraña sensación empezaba por oprimirle los tobillos acababa por apretar su cuello hasta casi estrangularlo. Las personas que le rodeaban no se percataban del asunto. Aquella mañana no fue diferente, al sumarse a la tortuosa fila de personas que se movían ansiosas de llegar a sus puestos de trabajo para enriquecer, aun más, a sus jefes, la sensación empezó.
Gustavo se movía rápidamente, evitando en lo posible el contacto con otros cuerpos, más aquello era imposible. Hombros chocaban con otros hombros, caderas con caderas y poco faltó para que se dieran cabezas con cabezas. -Carrera de ratas- pensó Gustavo mientras empezaba a sentir la asfixiante sensación mañanera. –Tiene sentido que le llamen así, eso parecemos-
El edificio 432 de la calle Oldivar albergaba las oficinas de la ANPDT (asociación nacional pro derecho de los trabajadores) Allí laboraba Gustavo, ocho horas oficiales pero nueve o diez en la práctica. Fines de semanas y días feriados se le escurrían de las manos.
-Nuestra tarea es importante- solía pregonar el jefe cuando alguno de los empleados se quejaba –si nos descuidamos los derechos de los trabajadores podían verse afectados- lo decía con una convicción que era dificilísima de contradecir.
Gustavo cruzó la calle y sintió como algo estrangulaba sus muslos. Pretendía ignorar la sensación, quizá se fuera sola. Ni bien había puesto un pie en la acera cuando sintió que estrujaban su cintura, con odio, con desesperación.
-Cualquiera diría que es tu cuerpo pidiéndote que no vayas a trabajar- le comentó su mejor amigo cuando le contó los extraños síntomas. –Es estrés, puro y duro- concluyó -lo que necesitas son unas vacaciones- Al principio Gustavo había refutado y peleado, había argumentado que su trabajo era demasiado importante y que siempre habría alguien interesado en aprovecharse de sus descuidos para explotar a algún pobre trabajador. Al final sin embargo lo habían convencido y aquella mañana iba dispuesto a pedir quince días de los muchos que ya le debía la empresa.
Al subir por el ascensor la sensación de asfixia iba por su pecho. Le costaba respirar y sudaba copiosamente. Se aflojó la corbata con temor que aquella sensación le apretara el cuello. Llegó hasta el piso cuatro donde estaban las oficinas de su jefe. Tocó la puerta mientras sentía una horrible opresión en los hombros.
-Adelante- la voz tranquilizadora del jefe bien podía ser la de un locutor radial.
-Buenos días señor- Gustavo pasó intentando aparentar tranquilidad.
-¡Gustavo! ¡Muchacho! Pasa adelante, precisamente estaba por llamarte- exclamó el jefe dando pequeños sorbitos a su café “descafeinado”.
-¿De verdad?- Gustavo sentía como la opresión se apoderaba de su cuello. Sonrió a medias disimulando el instinto de abrir una ventana para buscar aire.
-Sí, sí, sí- el jefe estaba de buen humor aquella mañana, Gustavo tomó rápida nota mental para sacar ventaja de aquello. –Tenemos un caso de un pobre hombre al cual le adeudan tres meses de vacaciones, ¿puedes creértelo?-
-Esos abusadores- murmuró Gustavo mientras sentía que se quedaba sin aire, sin fuerzas, sin ideas.
-He pensado dejarte el caso a ti, sabrás que tú trabajo es muy apreciado por nosotros. Queremos que nos ayudes a que se le haga justicia.- el jefe lo miraba con la complacencia de quien observa a un hijo recién nacido o la satisfacción del artista tras haber cincelado su obra.
-Señor- murmuró Gustavo aflojando aun más el ya suelto nudo de la corbata. La sensación se apoderaba ahora de su cabeza y lo estrujaba. –estaba pensando que…- la cosa no se iba, se quedaba allí, le fastidiaba.
-¿sí?- el jefe parecía inquieto por primera vez.
-Estaba pensando…-reinició mientras soltaba grandes bocanadas de aire recordando a un pez fuera del agua. –Estaba pensando que será un placer ayudarle- concluyó al fin mientras la sensación de encierro y ahogo le sumían totalmente, mientras se sentía encerrado en medio de su trabajo, tendría que posponer algunos meses más las vacaciones y las salidas. No dijo nada más, se levantó y salió de aquella oficina; para encerrarse en la propia.
El jefe satisfecho lo vio retirarse, levantó el auricular: -¿Sí? ¿Señor Pastrankis? Ya he entregado el proyecto a Gustavo, ese sí que es un buen trabajador.
3 comentarios:
Ariel, está super bueno el cuento!!
Bueno, no es exactamene la claustrofobia lo que describes, aunque los síntomas desde luego son muy similares con los que padece tu personaje, pero el relato me encanta. Un besazo.
pobre tu protagonista, va a pedir vacaciones y vuelve con más trabajo, pero lamentablemente eso también pasa en la vida real, me gusta :)
bessos!
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