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Once metros pueden parecer miles. Todo depende de qué te separen. Once metros también pueden parecer solo centímetros. Julián había entrenado más duro que nunca. Había corrido cada mañana, aun cuando llovía y las sábanas pretendían chantajearlo para que se quede un rato más. Había dejado de tomar gaseosas y empezado una dieta estricta. Él iba a ganar aquella competencia.
Llevaba años entrenándose y había pasado de ser flaco a ser espigado, de ser torpe a ser coordinado, de ser una tortuga a ser una gacela, en resumen, había pasado de ser un perdedor a ser un ganador. Sin embargo, aún no ganaba algo grande, aún no convencía, decían los cronistas deportivos. –Debe ganar algo grande, señalaba más de uno- Julián lo tomó como un reto. Ganaría algo grande.
Se entrenó, comió, durmió, sudó y soñó para ganar aquello. Lo haría.
Se coloca al lado de sus competidores. Los observa, todos parecen más altos y más fuertes que él. Aquel de la camisola verde y bíceps exagerados se nota confiado. El otro de cabeza rapada y mirada altiva calienta con desgana mientras deja que su pecho venda la publicidad con la cual ha sido marcado. Julián calienta y por primera vez no oye a las personas que comentan, gritan y se emocionan. Escucha la voz de su entrenador.
-Lo has hecho bien hasta ahora, da lo mejor de ti muchacho-. Julián asiente. –Puedo ganar, lo sé- se repite una y otra vez. El de cabeza rapada le guiña un ojo mientras escupe al suelo. El de los bíceps exagerados ni siquiera voltea a verlo. Un corredor más pequeño y de bigotes le extiende la mano y le desea buena suerte.
-En sus marcas,- se escuchó la voz. Todos se colocaron. Un disparo rasgó el aire y entonces despareció todo para Julián. No había público ni competidores de grandes bíceps o bigotitos ridículos, no había ruido, solo el clap clap de sus zapatillas al golpear sobre el tartán.
Observó la marca de los quince metros. -Falta tan poco, – pensó
La respiración se volvía pesada como si el oxigeno se hubiera esfumado junto con las personas, los bíceps y los bigotes. Ya la nariz no era suficiente para respirar, la boca apenas inspiraba todo el oxigeno que los agotados músculos pedían a gritos.
Catorce metros. Clap Clap. ¡Vamos, tú puedes!
Trece metros. Clap Clap. ¡ Para eso te has entrenado!
Doce metros. Clap Clap.
Once metros. Clap…
Lo siente de repente. El músculo parece recogerse como un viejo hule que ha perdido su elasticidad. El dolor le golpea la pierna, el pecho, los oídos y de pronto aparecen todos de vuelta, los gritos atronadores, las silbatinas, las respiraciones entrecortadas de sus rivales. La vieja lesión ha vuelto a dejarlo tirado. Se toma la pierna, intenta seguir. A su lado como bólidos pasan sus competidores. Los once metros que lo separan de la meta parecen miles, se estiran y se alejan con cada palpitación de dolor.
El entrenador se acerca corriendo. Lo felicita, le agradece la actuación. Que será la próxima hombre, que no hemos tenido suerte, los estabas aplastando. Julián no oye nada, sólo el dolor que hierve en su pierna y la derrota que atosiga su corazón.
Había pasado de flaco a espigado, de torpe a coordinado, de tortuga a gacela, pero aún era un perdedor. Once metros pueden parecer miles, depende de qué te separen.
7 comentarios:
Te ha quedado muy dinámico el relato, la carrera parecía que la estaba visualizando.
¿Sabes? yo empecé el relato de los once metros mentalmente, con una hormiga recorriéndolos jajaja, pero no se me ocurría cómo continuar la historia, sólo veía a la hormiga allí plantada en el asfalto.
Un saludo ;)
Al principio pensé en que estaba ante el penalti de su vida :) pero me encantó como ibas adaptando esa dificil distancia, en el mundo del atletismo, al relato y el resultado encajó perfectamente.
A veces el mundo de una carrera parece terminar en quien la vence y hay mucho mundo tras el.
Enhorabuena
te atreviste con la historia, lo fácil era el poema.
y me encanta la frase final. "Once metros pueden parecer miles, depende de qué te separen"
Perder es respirar. Hay que cercenarse las dos piernas, digo, por cortar distancias.
Finalmente lo tuyo, Ariel.
Un saludo.
Muy bien Míster Escatel...
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