Decidí dejarle terminar aquel tema. El tiempo no era un problema para mí. Mi tarifa no corría por horas sino por trabajo realizado. Podía demorar en aquello cinco minutos tanto como dos años y cobraría lo mismo. En este caso en particular el pago había sido abundante y por adelantado lo cual me daba tiempo y espacio para dejarle terminar aquel tema e inclusive dos o tres más.
-Mientras no aprendamos de nuestros errores estaremos condenados a repetirlos una y otra vez- su voz era agradable, clara, serena, cortaba el silencio con exactitud y precisión agradable. Me tenía embotado en su forma de pronunciar las erres y las emes, era casi perfecto. –Mientras sigamos luchando como ratas por un pedazo de queso y confundamos la palabra prójimo con enemigo seguiremos estancados en este asqueroso pantano de la mediocridad-
Una tímida salva de aplausos desganados sazonó aquella última oración. –Debemos aprender a confiar, a esperar, a pensar en mi vecino y no solo en mí, a buscar el dialogo antes que la venganza- Un murmullo recorrió la audiencia, observé rostros llorosos y tocados por las palabras, también algunos molestos que murmuraban con pequeñas mordidas de odio e inconformidad.
-La solución no son las armas- continuó ignorando el zumbido de la multitud – no es el dinero, no es la ayuda internacional o las inversiones extranjeras, solo cuando trabajemos hombro a hombro con una misma visión conseguiremos avanzar-
-¿Cuántas frases más vas a dejarlo terminar?- me reproché a mí mismo. –Sólo no puedo hacer nada, contigo y tu voto ¡Podemos cambiar este país!- terminó y esta vez los aplausos fueron atronadores, gritos de vivas y hurras por todos lados daban esa sensación de euforia cual solo puede vivirse en un partido de fútbol o un mitin político.
-Parece un buen hombre- murmure por lo bajo mientras me acomodaba. Alguien grito aquello de los tres hurras y se oyeron los famosos: hip hip. Él que ya había terminado su discurso se dedicaba a estrechar manos y besar mejillas, a saludar y ser saludado. Observé a los inconformes, a los que de brazos cruzados se dedicaban a asesinarlo una y otra vez con la mirada. Mi celular vibró, una, dos, tres veces. Se activó el buzón de voz, ni siquiera tuve que revisar el número, sabía quién era y sabía que quería.
-Es un buen hombre- repetí queriendo convencerme a mí mismo –en su discurso no ha dicho más que verdades- acomodé las herramientas y me coloqué en la posición. –No debí dejarlo terminar aquel tema, ahora es mucho más difícil- Ajusté la mira y pude verlo de cerca, sonreía y repartía sinceros apretones de mano. Mi índice temblaba nerviosamente como siempre que se encontraba en situaciones similares a esta. –No lo merece- pensé y sin embargo mi dedo apretó el gatillo del Vintar BC. La bala silbó en el aire y cumplió su trabajo. Me levanté como autómata, recogí las armas y me retiré con la sensación de haber acabado con un hombre bueno.
5 comentarios:
¡¡Qué bueno el final!! la verdad es que hasta el último párrafo, no se me ocurrió imaginar que se trataba de un francotirador.
Me ha gustado tu historia, saludos!!
¡Dios mío! Te ha quedado grandioso. ¡Enhorabuena!
Vaya historia, espeluznante, genialmente narrada y con un final brusco y desagradable. No hubiera quedado bien de otro modo
Felicidades!
Al final decide la bala. Gran radiografía de un instante de conciencia.
Enhorabuena!
Al igual que mis compañeros te digo que no esperaba ese final, llegue a pensar q se trataría de algún abogado o policia.
Buen cierre si sr.
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